He de confesar en este mi blog que soy una delincuente. Yo y cualquier persona que la madrugada del 2 mayo estuviera por el barrio de Malasaña de Madrid. ¿Nuestro delito? Gravísimo: andar en busca de un bus para volver a casa. Es lo que se concluye de la actuación de la Policía aquella noche. Los agentes repartieron palos a diestro y siniestro a todo el que se cruzó con ellos, así, por las buenas. Porque ellos lo valen.
En mi vida había visto una cosa igual. Estaba de fiestuki en un bar cuando alguien nos alertó sobre lo que estaba pasando en la calle. Nos agolpamos en la ventana y vimos una humareda intensa y focos de fuego. Quisimos salir pero los porteros no nos dejaron: la cosa estaba bastante chunga fuera. Según nos contaron, la Policía no paraba de subir y bajar la calle, y no porque estuvieran buscando el bar más barato precisamente.
Al salir, parecía que se hubiera librado una batalla en las calles. Contenedores tirados, otros ardiendo, escombros de obras, cristales... Sorteando "obstáculos" llegamos a Fuencarral. De repente, vemos aparecer a un grupo de unos 12 policías con porras, pantallas protectoras y cascos, marchando como un pelotón de militares, con paso firme y cara de mala leche. Nos asustamos tanto que cruzamos corriendo hacia la otra acera.
La estampa que nos encontramos al salir a Gran Vía fue horrible. Furgonetas de Policía, agentes por todos lados, disparos continuos -al principio creía que estaban pegando tiros, eran pelotas-, gente corriendo en todas direcciones. No paraba de llegar Policía, e iban a por cualquiera. Miedo a la policía, tiene guasa. Yo sólo quería largarme de allí, cuanto antes. Por eso cogí el primer bus que vi, sin mirar hacia dónde iba. Ya podía llevar al fin del mundo que yo me montaba. Cualquier cosa por salir de esa locura.
65 heridos. Este dato puede ilustrar lo que se vivió el 2 de mayo en Tribunal. Al parecer todo empezó porque algunos jóvenes que hacían botellón alrededor de la plaza empezaron a tirar botellas y piedras a la Policía. Pero una cosa es defenderse y otra abusar de la fuerza, como hicieron. Muestra de ello son cientos de testimonios como el mío, las imágenes de palizas a algunos jóvenes o las agresiones a periodistas que hacían su trabajo. Y como siempre, a la hora de exigir responsabilidades todos se lavan las manos: el Ayuntamiento culpa al Gobierno y viceversa. Vergonzoso.
Y pensar que en Cádiz me quejaba de las peleas de angangos en los pubs de la Punta...
El técnico cadista hará un repaso de esta loca temporada 2006-2007. Y es que en todas las quinielas se nos señalaba como uno de los equipos favoritos para volver a Primera División. Los seguidores también dábamos por hecho el ascenso: éramos unos recién descendidos y además teníamos -o así se nos vendió- una de las mejores plantillas de la categoría. Un solo año saboreando las mieles de la Liga de las Estrellas y ya se nos había olvidado lo difícil que es Segunda, la igualdad que existe y la consiguiente dificultad para ser regular. Tan convencidos estábamos de que volveríamos a Primera que la llegada de un novato como Oli al banquillo la recibimos con optimismo, sin crítica alguna. Pecamos de prepotentes, y lo pagamos. Y de qué manera. Las "revolucionarias" tácticas de Oli resultaron desastrosas: los jugadores no sabían ni dónde estaban, y el equipo se acercaba peligrosamente a los puestos de descenso.
Parece que el presidente tomó nota de las críticas que recibió tras el descenso, porque por una vez escuchó a la afición, que pedía al unísono a Jose González, el hombre que nos sacó de la Segunda B y sentó las bases para que Espárrago nos condujera a Primera. Antonio Muñoz, en un gesto que le honra, se tragó su orgullo y trajo de nuevo al equipo a ese hombre del que dijo que nunca volvería a entrenar al Cádiz mientras él fuera presidente tras su marcha al Albacete.
Valiente, sin duda, Jose González. Tomó las riendas de un equipo hundido y perdido en el campo, y consiguió que volviera a jugar al fútbol. Y además, y lo más importante, ha logrado la permanencia y que el Cádiz, descartado el ascenso, luche por el cuarto puesto. Su papel ha sido decisivo pero, ¿se quedará la próxima temporada?
EL MIRADOR DEL DEPORTE,en Punto Radio, a partir de las 14.45 horas. Se puede escuchar desde Cádiz en el dial 93.6 de la FM o bien a través de Internet desde la web de La Voz de Cádiz, ww.lavozdigital.es
Ya han pasado dos meses desde que la multinacional de componentes de automóvil Delphi anunciara el cierre de su planta de Puerto Real, en Cádiz. Y las soluciones aún no han llegado para sus 1.600 trabajadores. Sólo saben que las materias primas -y con ellas el trabajo-termina ya esta semana, y que mayo puede ser el último mes en que cobren. Hace tiempo que dejaron de creer en los buenos propósitos de los políticos. Recuerdan con rabia aquella promesa de Chaves y compañía de que la factoría no se cerraría, porque era ilegal. Ilegal. Y lostribunalesestudiando el cerrojazo por insolvencia. Ya saben que la gente de corbata y chaqueta es interesada, y que sólo se tienen a ellos mismos. Pero saben que sin llamar la atención su lucha es invisible. Por eso hacen barricadas, cortan carreteras y van a volver a encerrarse en la planta, porque quieren llamar la atención de los medios de comunicación. Es la única forma de presión. Pero en periodismo novedad es directamente proporcional a noticia, y Delphi lo es cada vez menos.
Nosotros, los gaditanos, podemos y sé que vamos a seguir ayudándoles, como hicimos el 1 de marzo y el 18 de abril, saliendo a la calle. Para hacer que su voz suene con más fuerza. Y atraer a los focos. Porque está en juego el futuro de los nuestros, y de nosotros mismos, porque Delphi es sólo el último episodio de la crisis crónica de la industriade la Bahía de Cádiz. De momento.
MARTES DÍA 1 DE MAYO. MANIFESTACIÓN. PARTE A LAS 12:00 DE LA PLAZA DE ESPAÑA Y FINALIZA EN LA PLAZA ASDRÚBAL
Me da vértigo el punto muerto
y la marcha atrás,
vivir en los atascos,
los frenos automáticos y el olor a gasoil.
Me angustia el cruce de miradas
la doble dirección de las palabras
y el obsceno guiñar de los semáforos.
Me da pena la vida, los cambios de sentido,
las señales de stop y los pasos perdidos.
Me agobian las medianas,
las frases que están hechas,
los que nunca saludan y los malos profetas.
Me fatigan los dioses bajados del Olimpo
a conquistar la Tierra
y los necios de espíritu.
Me entristecen quienes me venden clines
en los pasos de cebra,
los que enferman de cáncer
y los que sólo son simples marionetas.
Me aplasta la hermosura
de los cuerpos perfectos,
las sirenas que ululan en las noches de fiesta,
los códigos de barras,
el baile de etiquetas.
Me arruinan las prisas y las faltas de estilo,
el paso obligatorio, las tardes de domingo
y hasta la línea recta.
Me enervan los que no tienen dudas
y aquellos que se aferran
a sus ideales sobre los de cualquiera.
Me cansa tanto tráfico
y tanto sinsentido,
parado frente al mar mientras que el mundo gira.
“Me tengo que volver, no sé muy bien por qué, no sé qué es lo que me tira tanto, no sé qué es lo que extraño, no sé si extraño... Los techos... Pueden ser los techos, los techos de las casas. Son muy feos, cuadrados, blancos, con tanques de agua puestos como de boleo, como que a la gente no le da bola, como que la gente los desprecia, como si los tejados no fueran parte de la casa. En Madrid los techos son hermosos, hay tejas, hay chimeneas, hay colores, no se puede comparar. Pero ves, extraño los techos de Buenos Aires, es una boludez pero me pasa…”
Mi tranquilidad sureña se ve interrumpida cada día desde hace tres meses, cuando me vine a Madrid. La razón: el estrés de la gente que vive en esta ciudad. No entiendo por qué corren para coger un metro si dos minutos más tarde va a pasar otro, incluso pienso que ya corren por costumbre, aunque no tengan prisa. Qué agobio más absurdo. Yo me conecto a mi inseparable i-pod e intento abstraerme, pero no hay día en que algún empujón o pisotón no te devuelva a la cruda realidad.
Y ahora la cosa empieza a empeorar con el calor. Esta semana ha sido una especie de ensayo del verano y ya estoy aterrorizada. Tenía la sensación de que me estuvieran quemando con un soplete. Resultado: estado aplatánico del que es imposible recuperarse. Y mi playita a 500 kilómetros... Definitivamente, irse cada x semanas de Madrid es una cura necesaria, aunque te cueste a la vuelta dos o tres días de readaptación, con pasadas de parada de metro incluidas...
Nacida en Cádiz, pero residente ahora en Madrid. Sol, mar, mi gente, Carnaval, mi carácter, mi vida, mi sitio... mi ciudad. Cambio, evolución, novedad, asombro, inquietud, preguntas... la capital. Lo nuevo y lo permanente, en este blog.